Luz M. Sepúlveda
El lenguaje que utilizan los artistas contemporáneos es bastante homogéneo a pesar de su aparente pluralidad. Las formas y técnicas son las mismas que en cualquier rincón del mundo, y los signos empleados son universales. Los híbridos funcionan tanto en nuestro país como en prácticamente cualquier otro. Así como a principios del siglo xx se creó un arte “mexicanizado”, ahora en las postrimerías del primer decenio del siglo xxi, se trabaja desde una perspectiva extranjerizante, aun cuando prevalecen diversos motivos fácilmente identificables producto de la tradición pictórica mexicana. Los modelos actuales fungen como directrices de una forma de pensar y de actuar en un tiempo y espacio específicos, aunque en México se contemplan diversos elementos de identidad. Por ejemplo, la autoparodia o el sentido del humor que en muchas ocasiones es negro, la sátira política, la autoconmiseración, los retratos de personajes que conforman el entorno inmediato del artista, los paisajes disímiles y, en fin, estos motivos entre muchos otros, son abordados por los artistas contemporáneos y tratados en sus pinturas desde perspectivas formales, tópicas o técnicas, absolutamente libres y, por ende, plurales en sus formas aunque análogas en los discursos.
No obstante este aparente paraíso de libertad creadora, igual que en la publicidad o que en casi cualquier otro rincón de la mercadotecnia, en el arte contemporáneo se ofrecen objetos que seducen al espectador. Las pinturas de esta generación se presentan como objetos de deseo que nos deslumbran con un brillo que se percibe tanto física como metafóricamente. En ellas hay un común denominador: su función de embelesar al público, de presentarse como objetos que nos seducen por ser esencialmente superfluos. Sin embargo, a pesar de la frivolidad que se respira en términos generales, varias piezas incitan si no al cuestionamiento, por lo menos a una ligera reflexión en torno al acontecer de la creación plástica contemporánea en México.
La variedad de discursos pictóricos que se presentan en la actualidad versa en la heterogeneidad de expresiones donde conviven lenguajes tan distintos entre sí que pudieran parecer paradójicos. No existe una limitación a la cual deba restringirse el artista y goza de plena libertad para encauzar su producción. Algunos ejemplos de la pintura contemporánea se refieren a un arte decorativo con elementos ornamentales, como el caso de Miguel Ángel Cordera, quien emplea líneas sinuosas, formas orgánicas y espacios sobrepoblados de colores y figuras abstractas sobre el lienzo. La representación del paisaje, en estos tiempos aciagos en que una imagen de tal índole pudiera parecer obsoleta y, en cambio, se postula como reaccionaria, es recreada por Armando Zesatti y Vanessa García de distintas maneras: el primero opta por la expresión de una naturaleza super humana, mientras que la segunda vuelca su mirada hacia paisajes marítimos en especial los puertos con almacenes, dársenas, contenedores, grúas y embarcaciones que se imprimen en un primer plano, mientras al fondo se vislumbran fragmentos de una zona industrializada.